El espejismo del éxito material
Vivimos en una cultura que ha condicionado nuestro concepto del éxito a la acumulación de posesiones. Nos han vendido el paradigma de que el más fuerte sobrevive y de que el valor de un ser humano es directamente proporcional a lo que posee: el carro que maneja, la zona donde vive o los lujos que puede mostrar en sus redes sociales. Sin embargo, este afán incansable por "tener" es un pozo sin fondo.
Como testificaba el predicador en su experiencia: aun teniendo una hermosa familia, una casa enorme, cinco vehículos en el garaje y una camioneta de lujo a los 31 años, el corazón humano no se sacia cuando está puesto en las cosas. Tan pronto como lograba una meta económica, el deseo de escalar al siguiente nivel se activaba inmediatamente. Es una insatisfacción constante que demuestra que fuimos creados para algo infinitamente superior.
“Si tu idea de éxito está basada en tener cosas, siempre vas a querer tener más cosas. No te vas a saciar.”
La pregunta fundamental de la existencia
En medio del quebranto absoluto, tras perder propiedades, enfrentar acusaciones injustas y lidiar con una quiebra financiera y legal demoledora, surge la pregunta existencial que define el rumbo de cualquier vida: ¿Para qué nací?
Esta pregunta no se refiere a los títulos profesionales que queremos ostentar, a la cantidad de dinero que planeamos acumular, ni a las metas familiares típicas. Es una interrogación directa al diseño original con el cual fuimos entretejidos por el Creador desde el vientre materno. Millones de personas transcurren sus vidas sobreviviendo y "haciendo de todo" porque no conocen su misión. Andan a la deriva, saltando de negocio en negocio, intentando llenar un vacío espiritual con metas materiales.
El concepto del Propósito Mayor
Todo en la creación tiene una misión específica asignada. Un reloj tiene múltiples manecillas y engranajes pequeños; si cada uno cumple su función individual, el reloj entero cumple su propósito mayor: dar la hora. En el cuerpo humano, cada órgano y célula tiene una asignación de diseño particular. Del mismo modo, Dios no nos creó al azar simplemente para "solucionar la vida" y jubilarnos.
El Propósito Mayor es la actividad específica en la que cada ser humano ha sido llamado a servir para alcanzar la plenitud de su existencia. No nacimos para ser el centro de nuestro propio universo, sino para servir a Dios y al prójimo a través de los dones específicos que se nos han confiado.
Encontrar este rumbo no solo nos libra de la ansiedad material, sino que alinea nuestras vidas bajo la unción y la bendición del Padre, permitiendo que aun en los escenarios de mayor dificultad, su gracia nos impulse hacia el cumplimiento de su voluntad soberana.